¿CÓMO EXPLICAR AL HOMBRE CONTEMPORÁNEO LA ESPERANZA DE SALVACIÓN CONTENIDA EN EL DOGMA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA AL CIELO?

Mauricio Montoya Vásquez[1]

Resumen

La asunción de María al cielo es una certeza para la fe del pueblo cristiano desde la vivencia de las primeras comunidades cristianas, y es en la figura de la Madre del Hijo encarnado, la mujer y su prole, en la que se aprecia la victoria de la justicia y caridad sobre el pecado y la opresión.

El hombre contemporáneo vive inmerso en medio de corrientes que tienden a oprimirle y restarle la capacidad esperanzadora de mirar hacia una eternidad bienaventurada, reduciéndole a dimensiones consumistas y terrenas.

La salvación es vista como la oportunidad de vivir en comunión eterna con Dios en el cielo, fin último y realización de las aspiraciones más profundas del corazón del hombre, y en la Virgen asunta al cielo, se descubre la certeza de una futura resurrección y vida eterna.

Palabras clave

Asunción, salvación, redención, María, encarnación, esperanza.

Abstract

The assumption of Mary into heaven is a certainty for the faith of the Christian people from the experience of the first Christian communities, and it is in the figure of the Mother of the Son, the woman and her offspring, that the victory of the justice and charity over sin and oppression.

Contemporary man lives immersed in currents that tend to oppress and subtract from him the hopeful capacity to look towards a blissful eternity, reducing him to consumerist and earthly dimensions.

Salvation is seen as the opportunity to live in eternal communion with God in heaven, the ultimate end and fulfillment of the deepest aspirations of the heart of man, and in the Virgin assumes heaven, the certainty of a future resurrection and life is discovered everlasting.

Keywords

Assumption, salvation, redemption, Mary, incarnation, hope.

Introducción

          En una sociedad que fluye aceleradamente frente al devenir del tiempo, y que fruto a diversidad de circunstancias y situaciones, ha ido evolucionando de muchas maneras, encontramos al hombre contemporáneo inmerso en medio de un fuerte afluente de opciones, cambios, opiniones y caminos que le llevan a sentir en cierta forma una sed de eternidad.

La sed de eternidad que podemos comprender como búsqueda de esperanza, a lo que surge la pregunta por cuál esperanza es la que este hombre busca, ¿una esperanza en qué o una esperanza de qué?

Benedicto XVI, nos recuerda que el “hombre en cuanto hombre es imagen de Dios, sin distingo de raza o de mérito, y en el hombre por antonomasia y, con él en todo hombre, aun en el más miserable brilla la imagen del Señor de la magnificencia”[2].

Si el hombre es ese ser creado en el que brilla la imagen del Señor, es decir del mismo Creador, y sabemos que en Cristo se ha revelado el Padre Creador, podemos concluir que el hombre creado a imagen y semejanza de Dios, es un ser que deslumbra la imagen de Cristo.

Dado esto, la esperanza que el hombre busca no puede ser otra que la contenida en la salvación, que es “la vida perfecta con la Santísima Trinidad, a esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se le llama «el cielo». El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de su vida”[3].

En el dogma de la asunción de María al cielo, se declara como dogma de fe el que María luego de su vida en el mundo ha sido asunta al cielo en cuerpo y alma, por tanto, vive allí una vida con Cristo, a lo que conocemos como vida del cielo[4], es decir la salvación.

Por consiguiente, queremos descubrir en la asunción de María al cielo, una esperanza de salvación para el hombre contemporáneo, aquel a quien la sociedad quiere reducir a un ser productor de factores económicos y voraz consumidor en medio de la humanidad.

La asunción de María al cielo desde las Sagradas Escrituras

Cabe aclarar que no encontramos un texto canónico donde esté detallado de manera explícita el hecho de la asunción de María la madre del Señor, no obstante, sí contamos con algunos textos que nos sirven de apoyo a la hora de comprender lo contenido en dicho dogma.

Por el contrario, en los textos apócrifos o no canónicos encontramos una serie de escritos asuncionistas como por ejemplo, el libro de san Juan Evangelista (el Teólogo), el libro de Juan (arzobispo de Tesalónica) y la narración del Pseudo José de Arimatea,  en esta categoría se encuentran no menos de 70 piezas distintas que se conservan, en su mayoría, en manuscritos compuestos en lenguas como el griego, siríaco, armenio, latín, entre otras (Otero 303).

En cuanto a los escritos contenidos dentro del canon de las Sagradas Escrituras, como se ha dicho, no encontramos un relato asuncionista acerca de la santísima virgen María, ahora bien, en fragmentos del Nuevo Testamento sí hallamos indicios que sirven de base objetiva a la hora de abordar este tema.

En el Antiguo Testamento contamos con relatos que, si bien no relatan propiamente una asunción, sí narran una especie de arrebatamientos al cielo, como es el caso de Enoc y el de Elías. Aquí estos dos personajes.

Enoc se va a distinguir de los demás patriarcas por tener una vida corta, pero caminando a la perfección, anduvo con Dios”, hasta que, en similitud a Elías es llevado al cielo. Este personaje se convierte en una figura importante dentro de la tradición judía, como ejemplo de piedad y fe.

Gn 5, 24

Siguió siempre los caminos de Dios, y luego desapareció porque Dios se lo llevó.

2 Re 2, 11-12. La tradición hebrea cree firmemente en la futura venida del profeta Elías, quien luego de ser arrebatado al cielo, es esperado en medio de la comunidad como anuncio del Mesías que ha de venir.

“Y mientras iban conversando por el camino, un carro de fuego, con caballos también de fuego, los separó a uno del otro, y Elías subió al cielo en el torbellino. Al ver esto, Eliseo gritó: «¡Padre mío! ¡Padre mío! ¡Carro de Israel y su caballería!». Y cuando no lo vio más, tomó sus vestiduras y las rasgó en dos pedazos.”

2 Re 2, 1 “Yahvé hizo subir a Elías al cielo en un torbellino…”

Ambos relatos del antiguo testamento hablan de una especie de arrebatamiento del mundo al cielo, como se ha dicho anteriormente. Lo particular de estos arrebatamientos es que no hay mención de un tránsito en este camino, como es la muerte o la dormición, que se verá evidenciado en los posteriores relatos apócrifos.

Dentro del Antiguo Testamento también nos encontramos con el llamado “protoevangelio”, donde la reparación que se ha prometido al hombre se ve inmersa en la hostilidad entre la Mujer y su prole contra la serpiente y su prole, hostilidad y lucha en la que la Mujer y su prole salen victoriosos, esta es una promesa profética de reparación humana.

Génesis 3, 15:

“Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar”.

Conviene subrayar que la Mujer y su prole es entendida como María y el prometido redentor, Jesús, quien al morir en la cruz ha vencido el pecado y la muerte, es decir, aplastó la cabeza de la serpiente, “y a la vez recibió una mordedura mortal. Mató muriendo” (José M. Bover 6).

Por tanto, María, como madre del Redentor, está asociada en la victoria sobre la muerte y el pecado, que la serpiente y su prole ha promovido en el mundo, de aquí que sea llamada “corredentora”[5], y en este papel ella debía morir como también murió Jesús, pero al igual debía de resucitar con Él.

La mujer y su prole, es decir, María y Jesús, debían ser vencedores de la muerte con la resurrección, y ella como verdadera cooperadora de la redención del mundo, tiene el privilegio de la resurrección anticipada, donde “queda por el mismo caso demostrada la Asunción corporal de María a los cielos, como en Jesús la resurrección postulaba su gloriosa Ascensión” (José M. Bover 5).

En definitiva, podemos decir que, en la lucha entre la mujer y la serpiente, se está anunciando anticipadamente la posterior Asunción de la madre del Redentor al cielo, en palabras de Bover, “En la completa derrota de la serpiente está contenida implícitamente la Asunción de María y concretamente la anticipada resurrección de la Mujer” (Bover 6).

El Nuevo Testamento encontramos textos en los que de manera objetiva podríamos vislumbrar las raíces de una futura Asunción, como en el relato de la anunciación en Lucas 1, 26-38, donde podemos percibir la elección que Dios hace de María exaltándola como a los humildes, cumpliendo de antemano lo que las Escrituras dicen acerca del Reino de Dios, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos (Lc 13,30).

Este relato bíblico será fundamental en la proclamación del dogma de asunción de María, pues en él se manifiesta, no sólo la elección privilegiada que Dios ha hecho de la santísima Virgen como madre de su Hijo, sino también la sumisión que ella tiene a la voluntad de Dios, sumisión que nace de la fe y que será terreno fértil para la fructificación de las promesas divinas, como vemos en la asunción misma.

De igual manera, en Apocalipsis 12,1 encontramos la mujer vestida de sol, en la que se evidencia la figura de la comunidad cristiana, la Iglesia. En este texto bíblico podemos, en palabras de Vanni, ver una “implicación de continuidad y reciprocidad entre María y la Iglesia. María es la mujer porque está relacionada con la Iglesia, la Iglesia tiene una maternidad con respecto a Cristo porque está relacionada con María” (Vanni 278).

Por último, encontramos los escritos apócrifos, donde se narra de diversas maneras la asunción de María, debemos tener claro que estos escritos no han sido incluidos en el canon de textos sagrados, pero que esto no les resta importancia, pues son relatos nacidos dentro de la experiencia de fe de las primeras comunidades cristianas.

Tratado de San Juan el Teólogo sobre la dormición de la santa Madre de Dios, n.III

Cierto día -que era viernes- fue, como de costumbre, la santa (Virgen) María al sepulcro. Y, mientras estaba en oración, acaeció que se abrieron los cielos y descendió hasta ella el arcángel Gabriel, el cual le dijo: Dios te salve, ¡oh madre de Cristo nuestro Dios!, tu oración, después de atravesar los cielos, ha llegado hasta la presencia de tu Hijo y ha sido escuchada. Por lo cual abandonarás el mundo de aquí a poco y partirás, según tu petición, hacia las mansiones celestiales, al lado de tu Hijo, para vivir la vida auténtica y perenne[6].

Los escritos apócrifos tienen como trasfondo de la narración asuncionista, cierta creencia en la dormición o tránsito previo a la asunción del cuerpo, además de afirmar la afinidad de este acontecimiento a la anunciación previa del mismo ángel que anuncia la encarnación.

Tomando este fragmento del apócrifo de san Juan como ejemplo podemos descubrir cómo el tema de la Asunción de María al cielo, ha sido un tema importante para la fe cristiana, desde las primeras comunidades hasta hoy.

La asunción de María al cielo desde los padres de la Iglesia

En los padres de la Iglesia encontramos una serie de testimonios acerca de la Asunción de María al cielo, en los que se aprecia claramente la estrecha relación entre maternidad, anunciación y asunción.

Dado que la encarnación del Verbo en la Virgen madre es fruto de la sumisión de su fe en el anuncio de la elección privilegiada, y visto esto en relación a la futura asunción y resurrección anticipada, hallamos que la fe y confianza en la obra de Dios sobre la persona es el terreno fértil donde se cosecha la vida perenne y feliz, la vida del cielo.

San Juan Damasceno, atribuye la asunción a la estrecha relación que se da entre María y la Pasión de su Hijo, Jesucristo, “Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor […] contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre” (Clerus)[7].

Por tanto, a la luz de la Pascua, el Damasceno encuentra una oportunidad propicia para que, junto con el Hijo, también la Madre participara de la glorificación posterior a la muerte.

De ahí que al contemplar el misterio de la Virgen asunta al cielo, se comprenda el plan de la Voluntad divina para la humanidad, a saber, posterior a Cristo, María es la primera criatura que consuma el ideal escatológico, anticipándose por la resurrección a la plenitud de la felicidad que se ha prometido a los elegidos en la resurrección de la carne[8].

San Agustín, contempla la Asunción de la Madre del Verbo desde dos perspectivas, primero desde el mandato de honrar a los padres, si bien Cristo en su divinidad rinde honra al Padre celestial, también ha de honrar a su madre en la tierra, y es en medio de esta honra en la que le confiere la gracia de una “salvación especial a la hora de la muerte” (Agustín 5), en segundo lugar, va a contemplar el misterio de la Asunción como fruto de una estrecha e inseparable relación del cuerpo, pues el Hijo al encarnarse en el seno de María toma participación de su carne.

El que naciendo de ella pudo hacerla virgen, pudo hacerla ajena a la putrefacción y al polvo, pues la putrefacción y el gusano es el oprobio de la condición humana. Y como Jesús es ajeno a dicho oprobio, a él se sustrae la naturaleza de María, de la cual está probado que Jesús tomó la suya. La carne de Jesús es la carne de María. […] Aunque fue exaltada en la gloria de la resurrección y glorificada en la ascensión a los cielos, la carne de Cristo permaneció y permanece siendo la misma naturaleza de carne, la cual es tomada de María. […] Así pues, el mismo e idéntico subió a los cielos y llevó sobre los astros la carne que recibió de su Madre, honrando así a toda la naturaleza humana, y mucho más a la de la Madre. Si, pues, el hijo es de la misma naturaleza que la Madre, conviene que también la Madre sea de la misma naturaleza que el hijo, no en lo que concierne a la misma administración, sino en lo que concierne a la misma recíproca sustancia: es conveniente que sean hombre, de hombre; carne, de carne; madre, de hijo; hijo, de madre, no para ser unidad de persona, sino para ser unidad corporal de naturaleza y sustancia. (Agustín).

Acerca de la asunción de quien en su naturaleza es criatura, san Ireneo en su libro contra los herejes, haciendo referencia al arrebatamiento de Enoc y de Elías al cielo, afirma que el ser criaturas no les impide ser trasladados al cielo, pues quien les creó es quien los asume y traslada gracias a sobrevivencia de los justos[9].

Asunción de María al Cielo en el Magisterio de la Iglesia

En la constitución Munificentisimus Deus de 1950, el papa Pio XII declara el dogma de la Asunción de María, luego de un desarrollo teológico breve, se llega en el numeral 44 a la declaración del dogma, de la siguiente manera:

Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste.

De igual manera, el Catecismo de la Iglesia Católica[10], enseña que la Madre del Verbo encarnado, ha sido preservada inmune de las manchas del pecado original, por lo que en su pureza ha sido participe del privilegio de ser asunta por Aquel que la ha escogido para ser cooperadora de la redención del hombre, y además en esta cooperación la ha unido en una singular participación de la Resurrección de su Hijo, de la cual nos hacemos participes todos por el bautismo.

Por último, debemos ver en la figura de la Madre asunta, la imagen de la madre intercesora que ora por sus hijos, como medio de promoción de la salvación universal, “La presencia orante de María en la Iglesia naciente y en la Iglesia de todo tiempo, porque Ella, asunta al cielo, no ha abandonado su misión de intercesión y salvación. «Virgen orante» es también la Iglesia, que cada día presenta al Padre las necesidades de sus hijos, «alaba incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo»[11]

Muchos son los testimonios que encontramos en el Magisterio de la Iglesia en referencia a la Asunción de María, muchos de los cuales no tenemos oportunidad de tratar en el desarrollo de este escrito, no obstante, debe quedar claro que la para la Iglesia la privilegiada anticipación de la resurrección de María, surge como fruto de su estrecha unión con el Hijo y su obra redentora.

La Asunción de María desde los teólogos contemporáneos

Fruto de la reflexión teológica contemporánea, se descubre la figura de María como aquella tierra redimida donde fructifica la redención para el mundo, es decir, la madre de Cristo es vista como terreno fértil para dar pie a la salvación del género humano en su historia.

Por ejemplo, Palazzi von Büren, presenta a María bajo la imagen de una tierra redimida, por lo que en ella se ve representada la humanidad que ha sido redimida por Cristo, lo que da pie a concluir que la humanidad participa de la asunción celestial, dado que se comparte la condición de creatura.

La teología actual comprende el misterio de la asunción sin desarraigarlo del contexto de la tierra, pues en dicho misterio se aprecia cierta esperanza para la el hombre de todo tiempo. “El dogma de la asunción no debe convertirse en un desprendimiento de la tierra al cielo, ignorando a la historia, al hombre, a nuestro cosmos y su drama” (P. v. Büren 305).

Conviene señalar la postura de Karl Rahner, quien también descubre en la asunción, una luz para el hombre actual, para él, la asunción es la total victoria de la gracia y de la redención.

Además, Rahner comprende la salvación como un fruto de la participación que se da del Hijo en la carne humana[12], acción en la que adentra el Verbo en la comunidad humana y con la muerte en la Cruz, redime dicha comunidad, por lo que la salvación del hombre nace como consecuencia de la encarnación en María, ya que,

Nuestra Salvación depende íntegramente de que el Hijo no sólo tenga ‘específicamente’ nuestra naturaleza humana, sino que sea realmente de nuestra ascendencia, entrando en la comunidad de los hombres, en la que nadie vive ni muere para sí mismo. El Hijo de Dios tenía que ser un hijo de Adán. Y Cristo lo fue en María. De modo que nuestra salvación depende de que Cristo haya nacido de mujer. Precisa y concretamente, de María (Rahner).

Esperanza de Salvación en el dogma de la Asunción de María al Cielo

Como resultado de todo lo anterior, podemos descubrir la estrecha correlación que se presenta entre la salvación del género humano y la figura de la Santísima Virgen María asunta al cielo, pues en ella ciertamente se da una anticipación privilegiada de la resurrección, lo que no quiere decir que sea una gracia que sea reservada solo para ella, sino que de manera misteriosa se extiende a todo hombre.

A la realidad total de la creación pertenece ya aquella nueva dimensión que llamamos cielo, y que un día podrá ser llamada nueva tierra, cuando haya sometido a sí toda la realidad terrestre, y no sólo un principio de ella. […] Afirmar de María la plenitud total de esta situación de salvación -asunción- no será imposible al que sabe que de María, nació esta salvación y que, por ello, en ella se ha realizado de la manera más perfecta. El dogma de la asunción, por tanto, no sólo tiene una importancia mariológica, sino también, y en el mismo grado, una importancia eclesiológica y escatológica. (Rahner 252).

Vemos, por tanto, que en la figura de María asunta al cielo, se encuentra contenido el misterio indescriptible de la salvación del hombre, y este hombre no es el de épocas pasadas o el de tiempos futuros sino el de todo presente que sucede infatigablemente en la historia de salvación.

Dicho de otra manera, el hombre contemporáneo que se encuentra inmerso en medio de una sociedad consumista[13], y en el cual podemos descubrir independientemente de su condición, es decir, sin importar raza, mérito o particularidad, las huellas del Dios magnificente que le ha creado[14], puede hallar al dirigir su mirada a la figura de la Virgen María, la imagen de la madre que lo acoge por medio de la Iglesia y de la certeza de salvación concedida por la ofrenda del Hijo amado del Padre.

Así pues, aun en medio de las corrientes opresoras de la actualidad, las diversas angustias, enfermedades y dificultades a las que se ve sometido el hombre como criatura terrena, adquiriendo una conciencia de su dimensión celeste, participa de la condición redimida por medio de la vivencia de los sacramentos de la Iglesia, y por ellos es alimentado y fortalecido en la fe, y conducido a la vida plena y feliz, en la patria bienaventurada.

Puesto que, “La asunción de María al cielo es ciertamente un privilegio de la Virgen en cuanto que ella, a causa de su maternidad divina y de su posición extraordinaria en la historia de la salvación, tiene un derecho especial a esta asunción […] no es un privilegio, en el sentido de que sólo haya sido concedida a María […] No. La salvación ha llegado ya, en su historia, a un punto tal, que, a partir de la resurrección, es completamente normal” (Rahner 249), en ella, por tanto, todo hombre tiene un ejemplo de la consumación de su esperanza.

Conclusión

Es lógico suponer que María haya muerto como su Hijo, para luego resucitar y ser asunta al cielo, pero la Virgen sin mancha de pecado debía ascender a los cielos en cuerpo y alma, como locuaz prueba de la suma de perfecciones que le adornan.

Dado que María virgen está asociada en la victoria sobre la muerte y el pecado, en una especia de correndención, su asunción al cielo, debe ser vista desde el plano de la salvación de todo el género humano en Cristo, pues María como madre asunta intercede por la humanidad en todo momento.

La Asunción lleva a María a un gozo de la vida eterna, el bautismo abre las puertas al cristiano para gozar de la vida en el paraíso, por lo que el hombre contemporáneo puede descubrir en María la esperanza de una vida futura, vida que está llena del gozo de la vida y la ausencia de muerte. (cf. CEC, 966).

Finalmente, en María descubrimos que al hombre le pertenece desde ya aquella dimensión que conocemos como Cielo, derecho otorgado por la redención en Cristo.

Bibliografía

Agustín, San. TRATADO SOBRE LA ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN. s.f.

Bover, José María. «La Asunción corporal de la Virgen Maria a los Cielos en la Sagrada Escritura.» Estudios Eclesiásticos (1946): 163-183.

Büren, Félix José Palazzi von. «La tierra en el cielo. Disertación sobre el dogma de la asunción de la beata Virgen María según Karl Rahner.» Theologica Xaveriana (enero-junio 2008): pp. 287-289 . PDF.

Büren, Palazzi von. «La tierra en el cielo.» Universidad Católica Andrés Bello (2007): 305. PDF.

Clerus. clerus.org. 1947. web. 28 de abril de 2020. <http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/hmy.htm>.

José M. Bover, SJ. «Fundamentos teológicos de la asunción corporal de María a los cielos.» Estudios eclesiásticos (1947): 171-186. PDF.

Otero, Aurelio de Santos. Los evangelios apócrifos. 2. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2012.

Rahner, Karl. Escritos de Teología. Madrid: Taurus Ediciones , 1967. PDF.

Vanni, Ugo. Lectura del Apocalipsis. Hermenéutica, exégesis, teología. Navarra: Verbo Divino, 2005. PDF.


[1] Estudiante del tercer año de la etapa Configuradora del Seminario Conciliar de Medellín

[2] “Was ist der Mensch?”, in Mitteilungen. Institut-Papst-Benedikt XVI: Tubinga

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1024 – 1025

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1025

[5].León XIII en la encíclica Adiutricem populi de 1895, hace referencia al papel de María en la historia de la redención del hombre: «[…] de acuerdo con los designios de Dios, Ella [María] comenzó a velar sobre la Iglesia, a asistirnos y protegernos como una Madre, de modo que después de haber sido cooperadora de la Redención humana, también se convirtió, por el inmenso poder que le fue otorgado, en la dispensadora de la gracia que fluye de esta Redención para siempre».

Pío XII no utiliza directamente el término de corredentora, pero se pueden encontrar en sus escritos, ciertas luces a este concepto, por ejemplo, en la encíclica Ad Caeli Reginam de 1954, «En el cumplimiento de la obra de la Redención, María Santísima estuvo, en verdad, estrechamente asociada a Cristo» […] «Así como Cristo por el título particular de la Redención es nuestro Señor y nuestro Rey, así también la Bienaventurada Virgen es nuestra Señora y Reina por la manera única en que contribuyó a nuestra Redención, ya suministrando su carne a su Hijo, ya ofreciéndolo voluntariamente por nosotros, ya deseando, pidiendo y procurando para cada uno nuestra salvación».

[6] El Catecismo de la Iglesia católica en sus numerales 1024 – 1025, asimila la vida autentica y perenne con la vida celestial, es decir la salvación, donde se ven cumplidos todos los anhelos del corazón del hombre.

CEC 1024 Esta vida perfecta con la Santísima Trinidad, esta comunión de vida y de amor con ella, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados se llama «el cielo”. El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha. CEC 1025 Vivir en el cielo es «estar con Cristo».

[7] Hom. 2, PG 96,741

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n.989 “Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).

[9] San Ireneo, Contra herejes Liv.5

[10] CEC, n. 966, “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte» La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos: “En el parto te conservaste Virgen, en tu tránsito no desamparaste al mundo, oh Madre de Dios. Alcanzaste la fuente de la Vida porque concebiste al Dios viviente, y con tu intercesión salvas de la muerte nuestras almas”

[11] Pablo VI, Marialis cultus, de 1974, n.18.

[12] Teoría que san Agustín también ha planteado y que se ha presentado en el apartado de los padres de la Iglesia.

[13] “El hombre contemporáneo es el resultado de un largo proceso de evolución y culturas. El hombre contemporáneo se toma como un ser de consumo es decir entre más cosas posees más cerca de ser un hombre está”. Concepción marxista actual, Enrique Dussel

[14] Benedicto XVI: El hombre en cuanto hombre es imagen de Dios, sin distingo de raza o de mérito. Este descubrimiento del hombre más allá de las particularidades históricas […], el hombre por antonomasia y, con él, todo hombre. Aun en el más miserable brilla la imagen del Señor de la magnificencia. “Was ist der Mensch?”, in Mitteilungen. Institut-Papst-Benedikt XVI: Tubinga

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